Dulzaro hace volar al Aldeafolk
27/09/2026
Por Jesús Puebla
Hay noches en las que un festival encuentra el lugar perfecto para terminar. Anoche, el Jardín de la Iglesia de San Miguel estaba lleno, la temperatura acompañaba y, frente al escenario, esperaba un público dispuesto a descubrir qué ocurre cuando la tradición decide quitarse el polvo de encima y echar a volar.
Y para eso estaba Dulzaro.
El vallisoletano Alberto Domínguez llegó a Aldea de San Miguel acompañado por sus incondicionales y con Ícaro bajo el brazo. Un disco que parte de las músicas de raíz de Castilla y León —jotas, seguidillas, charros, fandangos, corridos— para llevarlas a un territorio donde conviven la electrónica, la percusión, el baile y una manera absolutamente contemporánea de entender el folclore.
Pero anoche Ícaro dejó de ser un disco.
Se convirtió en directo.
Desde los primeros compases, Dulzaro salió a por todas. Energía, movimiento, electrónica, percusión y una voz que fue construyendo un puente entre lo que hemos heredado y lo que todavía está por inventar. La propuesta tiene algo especialmente interesante: no intenta convertir el folclore en una pieza de museo, sino ponerlo en movimiento.
Quizá ahí esté la clave de Ícaro. El propio artista ha explicado que esa figura mitológica representa para él las ganas de romper los límites, de coger todo aquello aprendido de la música tradicional y comprobar hasta dónde puede llevarse. Las alas están hechas de tradición, pero el vuelo pertenece al presente.
Y anoche voló.
Voló sobre un jardín lleno. Sobre un público que poco a poco fue entrando en el juego. Sobre quienes habían llegado expresamente a verlo y sobre quienes quizá acudieron simplemente a escuchar qué tenía que decir aquel músico de Valladolid del que tanto se habla.
Y ahí estuvo uno de los momentos más bonitos de la noche: Dulzaro llegó con su público, pero terminó ganándose al público de Aldea.
No hizo falta conocer las canciones. Ni saber de folclore. Ni distinguir una seguidilla de un charro. Bastó con dejarse llevar.
Porque cuando la música está bien hecha, las etiquetas duran poco.
La noche, además, tenía algo de simbólico. El IV Aldeafolk nació para celebrar la música popular y terminó demostrando que la tradición no tiene por qué quedarse mirando hacia atrás. Durante todo el día, Aldea había recuperado instrumentos, bailes, indumentarias y músicas llegadas de León, Cantabria y Valladolid. Y, cuando parecía que la jornada ya había contado todo lo que tenía que contar, apareció Dulzaro para plantear otra pregunta: ¿y si todo esto también puede sonar así?
No todo fue perfecto.
Entre el público hubo un sector que decidió mantener durante buena parte del concierto conversaciones a un volumen difícil de conciliar con lo que estaba ocurriendo sobre el escenario. Una lástima, especialmente en una propuesta en la que escuchar forma parte de la experiencia. No es una cuestión de solemnidad ni de pedir silencio absoluto en un concierto al aire libre; es simplemente entender que quien está sobre el escenario ha venido a contarnos algo y que quienes estamos delante hemos venido, precisamente, a escucharlo.
Por suerte, la música terminó imponiéndose.
Y cuando una canción conseguía hacerse sitio entre las conversaciones, cuando el ritmo atrapaba a los que estaban delante, cuando el baile tomaba el jardín y la electrónica se encontraba con una jota, quedaba claro que Aldeafolk había encontrado un cierre a la altura de su propósito.
La IV edición termina así con una imagen difícil de olvidar: un jardín lleno, una noche templada, un músico de Valladolid haciendo volar el folclore y un pueblo entero convertido durante unas horas en escenario.
Quizá eso sea Aldeafolk: coger lo que somos, sacudirle el polvo y descubrir hasta dónde puede llegar.
Y anoche, con Dulzaro, la tradición echó a volar.