← Volver a noticias

Aldeafolk convierte Aldea de San Miguel en un encuentro de tradición, música y convivencia

28/09/2026

Por Jesús Puebla

Aldeafolk convierte Aldea de San Miguel en un encuentro de tradición, música y convivencia
Guirrios y Madamas de Llamas de la Ribera/ 📸 Chari González
La IV edición del festival reunió durante toda la jornada a vecinos y visitantes en torno a los sonidos, los bailes, los instrumentos y las tradiciones de Castilla y León y Cantabria
📸Chari González
📸Chari González
📸Chari González
📸Chari González
📸Chari González
📸Chari González
📸Chari González
📸Chari González
📸Chari González
📸Chari González
📸Chari González
📸Chari González
📸Chari González
📸Chari González
📸 Chari González
📸 Chari González
📸 Chari González
📸 Chari González
📸 Chari González
📸 Chari González
📸 Chari González
📸 Chari González
📸 Jesús Puebla
📸 Jesús Puebla

Aldea de San Miguel vivió una jornada de esas que justifican por sí solas la frase “Aquí pasan cosas”. Desde primera hora de la mañana y hasta bien entrada la noche, el pueblo se convirtió en punto de encuentro para quienes quisieron acercarse a la música tradicional, aprender, compartir mesa, bailar y, sobre todo, disfrutar juntos.

La IV edición de Aldeafolk volvió a demostrar que el folclore no es solamente algo que se conserva: también se toca, se baila, se aprende, se comparte y se reinventa. Y lo hizo con una muy buena respuesta de público durante toda la jornada.

La mañana comenzó con las manos en la masa —o, mejor dicho, en la caña— con el taller de construcción de instrumentos: rabel de caña, impartido por Felipe Noriega. Una primera actividad que permitió acercarse a la tradición desde su parte más artesanal, descubriendo cómo detrás de cada sonido existe también un conocimiento, una técnica y una forma de entender el territorio.

Después llegó el turno del baile tradicional leonés, de la mano de Claudia María Martínez Suárez y Nadia María Leonato Suárez. El movimiento tomó el relevo de los instrumentos y los participantes pudieron aprender algunos de los pasos y formas de una tradición que continúa pasando de unas generaciones a otras.

Y entonces llegó uno de esos momentos que explican mejor que cualquier programa qué es Aldeafolk: el baile-vermut.

Porque el folclore también se disfruta sin prisas, alrededor de una mesa, con una conversación y con música de fondo. La jornada continuó con la comida popular de patatas con carne, que volvió a convertir el festival en un espacio de convivencia. A lo largo del día también hubo sopas de ajo, rifa y un mercado con puestos tradicionales, completando ese ambiente de feria y encuentro que acompañó al festival.

Por la tarde, la tradición volvió a ponerse en movimiento.

El taller de pandereta cántabra, impartido por Elena Gueorguiev García, Jose Fernández González y Neco Sain García, acercó al público a otro de los instrumentos fundamentales de la música popular. Una nueva oportunidad para aprender desde dentro y entender que mantener vivo el patrimonio también significa poner las manos sobre los instrumentos y hacerlos sonar.

A las cinco y media, las agrupaciones participantes salieron a las calles en un pasacalles que anunció lo que estaba por llegar.

Y a las seis, Aldea de San Miguel se convirtió definitivamente en escenario.

El Festival Aldeafolk reunió tres formaciones llegadas de distintos territorios y con diferentes maneras de entender la cultura popular: la A. C. Guirrios y Madamas de Llamas de la Ribera (León), el Grupo de Danzas Santa Justa de Ubiarco (Cantabria) y la Agrupación Virgen de los Aguadores de Valladolid.

Tres procedencias, tres formas de vestir, de bailar y de interpretar la tradición, pero un mismo escenario y una misma voluntad: mantener viva la cultura popular y compartirla con quienes estaban al otro lado.

El público acompañó durante toda la tarde y convirtió el festival en uno de esos encuentros en los que la distancia entre escenario y espectadores prácticamente desaparece. Música, danza, indumentaria y tradición se mezclaron en una tarde en la que Aldea fue, por unas horas, un pequeño mapa de la cultura popular del norte y centro de España.

Y todavía quedaba la noche.

Como broche final de esta cuarta edición, Dulzaro tomó el relevo para demostrar que la tradición también puede mirar hacia delante. El artista vallisoletano llevó su particular mezcla de folclore castellano y sonidos contemporáneos hasta un Jardín de la Iglesia de San Miguel lleno, en una noche de buena temperatura y mucha energía.

Así terminó Aldeafolk: con el público bailando después de haber pasado el día aprendiendo, compartiendo y celebrando la cultura popular.

Porque quizá esa sea la verdadera razón de ser de un festival como este. No se trata únicamente de recuperar canciones, instrumentos, bailes o indumentarias. Se trata de conseguir que todo eso vuelva a formar parte de la vida.

Y durante un día entero, en Aldea de San Miguel, la tradición estuvo muy viva.

Aldeafolk no fue solo un festival. Fue un pueblo entero encontrándose alrededor de su cultura.